papá, mamá: quiero ser freelance

“Mamá, papá: quiero ser freelance”

De los creadores de: “Quiero estudiar periodismo”, llega…”¡Mamá, papá: quiero ser freelance!”

No os imagináis el mal trago que se llevaron mis padres cuando les conté la decisión de dejar mi trabajo para lanzarme al mundo de la comunicación por mi cuenta… Sí, me refiero a eso de de ser “frelance”, que a ellos aún les suena a cuento chino.

La verdad es que también me llevé una sorpresa con la cantidad de amigos y compañeros que, tras dar la noticia, me miraron como si estuviera contándoles que me quiero casar con mi gato.  En cierto modo lo comprendo: soy consciente de que hoy en día es toda una suerte tener un empleo estable. Si encima ese trabajo está relacionado con tus estudios y tienes buenos compañeros a tu lado, la decisión de dejarlo todo para luchar por tus sueños, se vuelve un poco complicada.

Así que durante un tiempo, mi balanza de decisiones se inclinó por continuar viviendo dentro de la famosa “zona de confort”. Pero a quién queremos engañar. Todos sabemos que los que nacimos a partir de los 80 tenemos el gen del “culillo de mal asiento” (o búsqueda constante de retos, como lo queráis llamar). Lo cierto es que la idea ya llevaba rondándome en la cabeza casi dos años. Siempre quise saber cómo sería crear una empresa (o sucedáneo) partiendo de cero.  Y en este punto, queridos amig@s, me encuentro yo ahora.

El precipicio y el vértigo

Por extraño que parezca, una vez consigues tomar la decisión, comienzas a ver cómo el precipicio que desde lejos parecía diminuto, multiplica su tamaño hasta el punto de erizar tu piel, del vértigo que te produce mirarlo. Y ahí estás tú: sola ante el precipicio y con la adrenalina a flor de piel.  Y es precisamente esa adrenalina la que te empuja a seguir trabajando, a saltar sin saber si tu paracaídas se abrirá. Diría que es una sensación similar a la de estar enamorado. Al menos los síntomas coinciden: las mariposas en el estómago, la ilusión, el no quitarte a ese alguien (o algo, en este caso) de la cabeza… Es una fuerza que hasta hoy, nunca habría imaginado poseer.

Y con esa fuerza extraordinaria como compañera de viaje (sé que esto me ha quedado muy Star Wars), me armo de valor y consigo mirar fijamente al vacío. Un cosquilleo sacude mi estómago, y tengo la sensación de que todo va a salir bien. Soy consciente de que el camino no será de rosas. Incluso es probable caer en algún que otro agujero negro, al igual que cayó Alicia, antes de llegar al país de las maravillas. Pero cuento hasta tres y salto. Uno…dos…Tres. Agárrense, que vienen curvas.

Que la fuerza te acompañe

 

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